Segundos antes de morir
Siempre ha existido fascinación por las últimas palabras que una persona pronuncia antes de morir. Tal vez porque creemos que alguien que está en el umbral de la muerte, tiene acceso a realidades espirituales que están escondidas para el resto de nosotros. O porque pensamos que al estar cercana la partida, la mayoría de seres humanos se entregan a la honestidad y la franqueza, revelando cosas increíbles o arrepintiéndose de maldades o tonterías que ha hecho en la vida o confesando pecados ocultos. Después de todo, ya no tiene nada que perder.
Sin embargo, creo que en realidad nos mostramos tal como somos al morir. Y lo que decimos y hacemos está de acuerdo con el carácter que hemos demostrado en nuestra vida. No estoy generalizando, pero en la mayoría de casos es así. Los siguientes ejemplos lo confirman:
"Solo un hombre me entendió... y aún él creo que no me entendió." Hegel
"¿Están todos bien?" Robert Kennedy, después de recibir un balazo mortal.
"La tristeza durará para siempre". Van Gogh
"Señor, ayuda a mi pobre alma". Edgar Allen Poe
"Las últimas palabras son para los tontos que no han dicho lo suficiente". Karl Marx
"Veo la luz negra". Victor Hugo
"Dios me perdonará. Es su profesión". Heine
Notamos tristeza, decepción y hasta ironía en las últimas palabras de estos famosos. Dirige tu atención, sin embargo, ahora a las últimas palabras que Jesús pronunció después de sufrir la muerte más cruel que se haya inventado y sufrir el castigo del pecado de todos nosotros en su propio cuerpo:
"Consumado es. Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu".
Siempre he leído estas palabras como palabras de victoria. El pecado y la muerte conquistados, el acta de condenación que existía contra nosotros clavada en la cruz y la promesa de la vida eterna para todos aquellos que creen en la muerte y resurrección de Jesucristo.
¡Ultimas palabras de triunfo, de gloria!





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